
Desde este blog quiero desearos una muy feliz navidad y un próspero año 2011 a todos mis seguidores, amigos, familiares y lectores de todo el mundo.
La eubolia -no confundir con la abulia- es la virtud que ayuda a hablar convenientemente, y es una de las que pertenecen a la prudencia. Convenientemente quiere decir, como todos sabemos, hablar bien y con sensatez. La prudencia es la primera de las virtudes cardinales, fundamentales; las otras tres, es bien sabido, son la justicia, la fortaleza y la templanza, que perfeccionan y elevan las adquiridas naturalmente y sostienen la vida moral del hombre.
Literalmente, virtud significa fuerza o capacidad de acción. Para Sócrates y Platón es la consecuencia de la comprensión racional del fin y de los medios a que se dirige la acción. A partir de Aristóteles, quien la conceptuó como el punto medio entre dos vicios, se destaca el poder de la voluntad, que pasó a ser, junto con la inteligencia, un elemento constituyente de la virtud. En este mismo sentido la interpreta Kant al definirla como la fortaleza moral de obrar de acuerdo con los principios del deber.
Prudencia es sinónimo de moderación, mesura, medida, precaución, cautela en la manera de ser o de actuar. (“La prudente cautela mucho vale”. Fábula de El león y la zorra. Samaniego); prudencia es, también, discreción, cordura y buen juicio. “¡Cuánto importa saber con quien se trata!”. Fábula de El lobo y la oveja, del mismo Samaniego.
En la iconografía, la Prudencia ha sido representada a menudo bajo la forma de una joven cuya cabeza, como la de Jano, ofrece una segunda cara, la de un viejo barbado: A. Pisano (campanile de Florencia), M. Colombe (sepulcro de Francisco II de Bretaña, Nantes). Sus atributos son generalmente el espejo, el compás y la serpiente: Bernini (sepulcro de Alejandro VII, Vaticano), Pollaiuolo (Florencia), Giovanni Bellini (Academia, Venecia), Rafael (La Prudencia rodeada de la Moderación y la Fuerza, Vaticano), Veronés (palacio Ducal, Venecia), S. Vouet (Montpellier), J. Martínez Montañés (retablo de San Isidoro del Campo, Santiponce), A. de Mena (retablo relicario de la Capilla real de Granada).
Justicia es la concepción que cada época, civilización, etc, tiene del bien común. Justicia es comportamiento justo; trato justo. Hacer justicia es otorgar a alguien aquello de que se le cree merecedor. Justicia es sinónimo de equidad, rectitud. (La justicia comporta la adaptación a leyes creadas por los hombres y que llevan implícitos intereses. La equidad es la observancia de la ley natural; la rectitud, el ser consecuente con la propia ética).
La Justicia se representaba en la antigüedad clásica bajo el aspecto de la diosa Themis. En la iconografía moderna es una mujer en pie o entronizada, a veces con los ojos vendados, que tiene en sus manos una balanza y una espada. Es la virtud cardinal que con más frecuencia se ha representado. Se encuentra en edificios públicos: pinturas de Pollaiuolo para la Mercanzia (Uffizi, Florencia), de A. Lorenzetti (El buen gobierno), y de Beccafumi en el palacio comunal de Siena, de Holbein en el gran consejo de Basilea (desaparecida), de Delacroix (cámara de diputados, París); esculturas de Benedetto de Maiano para el Palazzo Vecchio (Uffizi), de Godecharle (frontón del palacio de las naciones, Bruselas). La imágen de la Justicia decora muchos sepulcros: de B. Giugni por Mino da Fiesole (Florencia), de Paulo III por Guglielmo della Porta (Roma), de Urbano VIII por Bernini (Roma). Cabe citar también una escultura del siglo XIV, en el claustro de Amalfi; pinturas de Giotto (Arena de Padua), Rafael (cámara de la Signatura, Vaticano), L. Giordano (La Justicia desarmada por el Amor y la Ignorancia, Nápoles), Salvator Rosa (La Justicia expulsada de las ciudades se refugia en el campo, Viena), Rottenhamer (La Justicia y la Paz, Beçanson), Tiépolo (Bérgamo); un grabado de Durero, etc. La Justicia de Trajano fue pintada por Van der Weyden en el palacio comunal de Bruselas (obra perdida, de la que hay copia en tapicería); La Justicia de Otón III, por Dirk Bouts (Bruselas); La Justicia de Cambises, por G. David (Brujas).
Como la Fortaleza y la Templanza no tienen iconografía damos por terminado aquí el presente trabajo.
ACTO I
El barco del noruego Daland, acosado por la tempestad, ha anclado en la costa, a varias millas del puerto. En la lejanía aparece otra nave, la del holandés errante, que desespera de hallar la mujer que pueda redimirle.
Daland le habla de su hija Senta. El holandés, sintiendo revivir la esperanza, le ofrece todas sus riquezas a cambio de la mano de aquella hija, a lo cual el padre accede.
ACTO II
En una estancia de la casa de Daland, Senta y varias doncellas, agrupadas en torno a la chimenea, hilan y cantan. Senta permanece absorta mirando el retrato de un hombre pálido, vestido de negro y canta la balada del holandés errante, el personaje del retrato, que ha despertado en su alma un amor compasivo. Al terminar su canción declara, presa de arrobamiento, que quiere ser ella la redentora del infeliz. Erik, enamorado de Senta, que ha entrado y oído el final de la balada y el juramento de la doncella, se desespera ante su decisión, que arruina todas sus esperanzas.
Aparecen Daland y el holandés, en quien Senta presiente al objeto de su piadosa pasión. En el corazón del holandés se despierta intenso amor por Senta y pronto aquella relación se convierte en noviazgo.
ACTO III
La tripulación del holandés se burla de su capitán, que nunca encuentra una mujer fiel. Han de partir, pues el plazo expira.
Senta sale de la casa, seguida de Erik. Éste le pide que no se case con el forastero y le recuerda la hora en que su padre, al partir, la confió a su protección. La presión de su mano fue entonces prenda de su amor. El holandés, que ha asistido a la escena sin ser visto, cree que Senta jugará con su pasión como con la de Erik. Todo está, pues, perdido. Despídese de Senta y, a pesar de las protestas de la joven, sube a bordo y ordena levar anclas. Senta, arrancándose de su padre y Erik, que tratan de retenerla, sube a una peña y desde allí se arroja al mar. Este sacrificio anula el castigo que pesa sobre el holandés, cuyo barco se hunde, mientras él y la muchacha, surgiendo de las olas, se elevan a los cielos.
Una introducción para Daland, con el coro de marinos noruegos, abre la ópera. Éstos cantan gozosos por haberse librado de la tempestad que aún ruge. A continuación viene el canto del Timonel. Wagner, que rechazaría pronto la forma tradicional de aria, escribe todavía en estas óperas de juventud algunas piezas más o menos comparables a aquélla. El piloto va adormeciéndose al compás de las notas. Después de una introducción tempestuosa aparece el fantasmagórico personaje del holandés para cantar sus escasas esperanzas y sus temores ante la nueva oportunidad que se le ofrece. En el fondo de su canto oímos la tempestad en la orquesta y el tema del buque. Es una pieza brillante y muy exigente para la voz. Del segundo acto destacan la balada de Senta, dividida en tres estrofas: cada una nos presenta, primero, el tema del buque y después (iniciándose propiamente la balada) un tema brusco en el que la voz debe efectuar saltos considerables, para finalmente llegar a un tema melódico de gran belleza. Otro momento destacado es el aria de Daland; éste presenta al holandés a su hija, a los sones de una orquesta que parece iniciar un tema cortesano o de danza al que recurre varias veces durante esta pieza, no muy profunda, pero ciertamente atractiva. Del último acto destaca su final, en donde los gritos de Erik congregan a todos en escena a tiempo para ver huir al holandés en su buque. Cuando Senta esquiva a los demás y se lanza al mar, se vuelve a escuchar, por última vez, el tema del buque en todo su esplendor.
Sr. Director:
¿Es La Roja el clave bien temperado? Comparar a nuestra selección con la obra de Bach quizá sea excesivo y fruto de la euforia del momento, pero los veinticuatro preludios, o, más bien, las veinticuatro fantasías, ¡qué diversidad se encuentra! Ritmos, movimientos, dibujos melódicos, estilo libre o en imitaciones, desarrollos, cadencias repentinas... El violín solista corre ligero, como gacela en libertad, pero el movimiento siempre termina con una intervención del tutti orquestal. O sea, el concierto de Johannesburgo...
Los holandeses, los estatúder, se han quedado más taciturnos que Guillermo I de Nassau, príncipe de Orange. Y sin justificación para tanta patada. Sin justificación, ni explicación, ni disculpa, ni pretexto.
¡Enhorabuena, campeones!
La Octava Sinfonía de Beethoven es sin duda la menos conocida de las nueve obras maestras que el compositor alemán dejó escritas. Puede decirse que, situada entre la Séptima y la Novena, su amable superficie apenas se percibe, del mismo modo como Mercurio, planeta menor, no se ve mucho por su excesiva proximidad al Sol. Sin embargo, algunos críticos han defendido la especial calidad de esta sinfonía vital, simpática y alegre que precede al gran esfuerzo compositivo de la Novena. Uno de estos críticos fue Bernard Shaw, quien escribía el 5 de noviembre de 1895 en el periódico “Daily Chronicle”:
“La popularidad de la Séptima Sinfonía, que Richter repite ad nauseam, se debe evidentemente al ritmo galopante del primer movimiento, y al vigor de la estampida y las carreras que se oyen en el último, por no mencionar la sencilla forma de himno que adopta el bonito allegretto. Pero en todos los aspectos más sutiles, la Octava es mejor, con su inmensa cordialidad y su exquisito sentido del juego, su candor y naturalidad perfectos, sus filamentos de melodía celestial que de pronto empiezan a fluir de la masa del sonido, y se van volando como si fueran nubes, y la astuta coquetería armónica que con los irresistibles temas de gran animación, después de innumerables fintas y de invitaciones y promesas que mantienen el alma en vilo, de pronto se te echan encima a la vuelta de las esquinas más insospechadas, y se te llevan con ellas con una deliciosa explosión de alegre energía...”
Bernard Shaw: The great composers.
Univ. of California Press, 1978, pp. 108.
Mito universal de la música, ídolo de muchas generaciones, impulsor de un sentimiento romántico en el que no llegó a participar plenamente, Ludwig van Beethoven ha pasado a la historia de la música como una de las figuras más destacadas, rodeado de un halo de genialidad y de desafío personal a la adversidad.
Mucho menos conocido en realidad, como personaje y como compositor, de lo que se cree, Beethoven es el puente por el que la música pasó del gusto por la ornamentación al vigor, del neoclasicismo teñido de galantería, a los ecos más profundos que anunciaban la eclosión romántica, con la especial potenciación del ritmo y de la sonoridad instrumental.
El llamado “Testamento de Heiligenstadt”, 6 de octubre de 1802, fue dirigido por Beethoven, a los 32 años, a sus hermanos Karl y Johann y hallado entre sus papeles a su muerte. Por su interés, por su gran interés humano, he aquí unos fragmentos:
“Oh, vosotros, hombres que me juzgáis tan malo, lleno de odios, misántropo o malvado, ¡qué injustos sois conmigo, pues no sabéis la causa secreta que me hace parecer así! Desde la infancia, mi corazón y mi pensamiento han estado siempre dispuestos a ser buenos y tiernos, y siempre me he visto impulsado a grandes acciones. Pero pensad que durante estos últimos seis años he estado en una condición de salud miserable, empeorado por médicos poco inteligentes. Decepcionado año tras año en mis esperanzas de mejoría, me he visto forzado, finalmente, a considerar mi enfermedad como crónica (que podía durar años o ser totalmente incurable). Nacido con un temperamento activo y ardiente, susceptible a las diversiones de la sociedad, me he tenido que retirar pronto del mundo, a vivir una vida solitaria. A veces he querido olvidar todo esto, pero ¡qué violentamente me lo ha recordado el fallo repetido de mis oídos defectuosos! Y, no obstante, no me estaba permitido decir a los hombres: “Hablad más alto, gritad, porque soy sordo”. ¡Ah! cómo podía declarar la debilidad de mi sentido cuando en mí tenía que ser más agudo que en los demás –un sentido que antes poseía en su más alta perfección, una perfección como hay pocos que la disfruten en mi profesión; no, no podía hacerlo. Perdonadme, pues, si me veis aislado cuando yo quisiera estar entre vosotros. Mi desgracia me apena doblemente, porque estoy seguro de ser mal interpretado
Para mí no puede haber ni diversión en la sociedad humana, ni conversaciones distinguidas, ni intercambio de pensamientos. Casi solo, únicamente me mezclo con la sociedad cuando lo creo absolutamente necesario; estoy, por lo tanto, obligado a vivir en un exilio...
... A veces me he encontrado en el extremo de poner fin a mi vida; sólo el arte me ha contenido la mano. ¡Oh! Tenía la impresión de que no podía abandonar esta tierra antes de haber producido todo lo que sentía en mí, y por esto he continuado esta vida miserable; miserable, ciertamente, con un cuerpo tan sensible que un cambio súbito puede llevarme del mejor estado de salud al peor. Paciencia, me decía, es la que tengo que escoger como guía. Y lo he hecho así. Espero que sea duradera esta resolución mía de esperar hasta que a las Parcas les plazca romper el hilo de mi vida...”
Sr. Director:
Se cuenta que el último rey de Portugal, don Manuel II, habiendo preguntado a su ayuda de cámara el nombre de un embajador hispanoamericano cuyas cartas credenciales debía recibir aquel día, se encontró con la resistencia del palaciego a decírselo: “Majestad, no sé si debo...”. Pero la orden del monarca venció el púdico temor o miedo moderado, y con un desmayo o desánimo de voz, le dio el nombre: “Se llama Raúl Porras y Porras”. No es difícil imaginar el porqué de aquel melindre o remilgo. Y se dice que el desdichado rey, a quien la dignidad de la corona obligaba a permanecer impasible en los trances graves, se limitó a comentar: “Lo que molesta es la insistencia”.
La insistencia molesta a reyes y plebeyos. A nobles y villanos. Ad nauseam. Siento tener que decir que algunas cartas que se publican, es una opinión o apreciación personal y subjetiva, adolecen de originalidad. En ellas la amenidad brilla por su ausencia. Con ligeras variantes siempre vienen a decir lo mismo. Se repiten hasta la saciedad, hasta el hartazgo. Son más repetitivas que el ritmo del “Bolero” de Ravel. El cartautor parece que está haciendo méritos para ascender en el escalafón. Su parcialidad es manifiesta. Su partidismo, evidente. Y cae, si se me permite, en la monotonía de la cigarra macho canicular (lyristes plebeius). Lo digo sin acrimonia. Sin acritud. Bien sabe la rosa en qué mano posa...
Paseando, reflexionando, por los jardines de la memoria, reverdecen viejos conceptos que ya habían empezado a secarse o mustiarse. Por ejemplo: Que el ser humano posee, quizás, o sin quizás, el sistema de comunicación más perfecto dado a ninguna especie viviente. Que sus códigos (lenguas) le permiten construir infinitas cadenas de las que se ha valido y se vale para cumplir dos importantísimas funciones: solicitar y transmitir información. Que la calidad de la información transmitida no solo radica en su valor de verdad, novedad, importancia y utilidad, sino también en su forma: hay formas y formas... Observando un arriate, me viene a la memoria que hay cuatro modalidades textuales: narración, descripción, argumentación y exposición. Que, la modalidad argumentativa, tiene como objetivo presentar pruebas convincentes que apoyen una tesis, opinión o punto de vista. Que toda buena argumentación se basa en principios lógicos y dialécticos, con unos argumentos razonables pero no rotundos e inapelables, ya que frustraría la necesaria controversia entre posturas. Que la sola perspectiva falsa es esa que pretende ser la única. Célebre frase de Ortega. Admirando una camellia japonica, árbol o arbusto teáceo de jardín, de hojas coriáceas perennes y flores, llamadas del mismo modo, rememoro que la argumentación precisa, además de la solidez de los argumentos presentados, de cierta habilidad persuasiva o de carisma del autor. Destreza muy necesaria cuando no hay hechos demostrables que se puedan aportar. De ahí que la función del lenguaje predominante sea la apelativa o conativa. Que, desde el punto de vista de la gramática, la argumentación se caracteriza por el uso de subordinadas causales, consecutivas y condicionales. Que el ensayo es el género por excelencia de la argumentación, que se presenta acompañada de la modalidad expositiva. En él se combinan el dominio de las ideas, la coherencia de la lógica y la habilidad lingüística (estilo). Que... que... que...
En mi paseo, cuando ya me iba, paso por delante de un estanque y me doy cuenta de que el murmullo del agua llamó begonias olvidadas...