lunes, 28 de octubre de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXXI)

El día 1 de mayo recibió Méndez Núñez del gobierno de Madrid la orden de regresar a España inmediatamente. El almirante leyó el escrito y lo devolvió al mensajero diciéndole: “Mañana, día 2,  bombardeo El Callao. Usted no ha llegado todavía. Llegará pasado mañana, y en cuanto me comunique la orden de regreso me apresuraré a cumplirla”. Al día siguiente, con las primeras luces, Méndez Núñez dirigió una sentida proclama a las dotaciones de todos los buques que produjo entusiasmo indescriptible y a las once y media de la mañana emprendía la escuadra española, desde su fondeadero de la isla de San Lorenzo, la marcha sobre El Callao. El jefe español había efectuado días antes, a bordo de la Vencedora, un minucioso reconocimiento de las defensas peruanas, acercándose a la plaza hasta la distancia de medio tiro de cañón, y así, impuesto del dispositivo enemigo, distribuyó sus buques en tres divisiones: la primera, formada por las fragatas Numancia, Blanca y Resolución, en vanguardia, con la misión de atacar las  formidables defensas del sur; detrás la segunda, compuesta por la Villa de Madrid y la Berenguela, destinada contra las baterías del norte, y a continuación la tercera, que integraban la fragata Almansa  y la goleta Vencedora, para batir a los monitores peruanos. El buque de transporte Maule seguía a retaguardia, para auxiliar a los buques de combate en caso de necesidad.
Se ha discutido el acierto del almirante español en su plan de ataque. Como expone Novo  y Colson, en principio cabría objetar que debió bombardear las defensas enemigas haciendo pasar una división de sus barcos por el sur de la isla de San Lorenzo, enfilando al enemigo en dirección sur-norte, en tanto que otra división hasta situarse frente a las baterías Santa Rosa y Abtao, posición desde la cual no sería alcanzado fácilmente por las defensas septentrionales, pudiendo así ambas divisiones atacar de manera combinada a las baterías enemigas meridionales, que, batidas por el frente y por la espalda, habrían sido rápidamente acalladas y desmontadas sus piezas, después de lo cual ambas divisiones, unidas, repetirían el sistema contra las defensas del norte, terminando por bombardear la ciudad. Pero aun reconociendo perfectamente las fuerzas enemigas y el sistema táctico más adecuado para combatirlas con el mínimo riesgo,  Méndez Núñez prefirió, evidentemente, atacar simultáneamente todos los medios defensivos enemigos para reivindicar el erróneo concepto que de la escuadra española se tenía a partir del bombardeo de Valparaíso. Por otra parte, el bombardeo desde  extremo sur era casi impracticable, dado el violento oleaje que allí reinaba, con lo que no hubiera cabido asegurar la puntería.
Los buques españoles avanzaron lentamente, llegando a situarse muy cerca de la costa, tanto que sus quillas rozaron el fondo, resultando inútiles los torpedos (tal vez porque la hélice de alguno de los barcos cortara el cable disparador). La finalidad perseguida con aquella aproximación a las defensas de la plaza era conseguir mayor eficacia de los disparos, aunque, en contrapartida, la gran dimensión de las fragatas hacía de ellas blancos fáciles para el enemigo. No obstante, los artilleros peruanos desaprovecharon la oportunidad de utilizar convenientemente sus cañones gigantes antes de que los buques españoles se acercaran tanto, pues una vez situados bajo la rasante de las baterías, casi todos los proyectiles de éstas pasaban altos.                        (CONTINUARÁ)


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