martes, 6 de agosto de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXVI)

Razones de peso –y volumen- han cambiado la fisonomía, el aspecto y la forma del hórreo. Por eso he creído conveniente hacerle otra foto con la nueva apariencia para la cabecera de Cartas desde mi piorno. Me explico: una visita subió, sin problemas, por la escalera de madera, pero, al bajar, cedió uno de los escalones y el visitante se cayó de bruces o se dio de morros. Menos mal que las consecuencias personales fueron nulas, no así las materiales, por eso hubo que acometer, emprender, la solución de la avería, del desperfecto. ¿Y qué mejor que la piedra -Galicia es país rocoso, roqueño-, para solventar la avería? Pues dicho y hecho. Además de buena piedra, en nuestro entorno hay magníficos canteros y labrantes; se buscó unos profesionales de confianza y garantía, se les pidió un presupuesto, y a las pocas jornadas ya podía yo subir, de nuevo,  al piorno. Y tutti contenti, como dicen en Italia. Bueno, todos menos el bolsillo...






Después de este preámbulo o introducción volvemos a los vientos y a las velas. En el fascículo o entrega XXII decía que en algún otro hablaríamos de la batalla de Lepanto in extenso pero en el, o la, XXIII la verdad es que los derroteros, los rumbos, fueron otros y de la famosa batalla casi no hablamos nada. Este encuentro, uno de los más famosos de todas las épocas, tuvo lugar el 7.10.1571, entre la gran flota cristiana coligada que mandaba, como generalísimo de la Liga, don Juan de Austria, y la otomana bajo la dirección suprema de kapudán-pachá Muezzin Zadé (conocido por Alí-Bajá).
La acción de Lepanto marca un hito en la historia naval, no precisamente por sus consecuencias, ya que malógrose la victoria cristiana, como es sabido, por la desunión de las potencias coligadas, sino porque se trata de la última batalla naval librada a base de navíos de remos (principalmente galeras), con la inherente táctica de abordaje. Cierra así Lepanto un período de más de dos mil años en que las polirremes, o navíos de guerra a remos, en su evolución desde la trirreme griega del siglo V a.C. hasta la galera mediterránea del XVI, constituyeron el núcleo fundamental de las armadas, pues en lo sucesivo cobrará enorme importancia la embarcación a vela de gran tamaño, primero el galeón y luego el navío de línea,  derivación perfeccionada de aquél, quedando las galeras y demás embarcaciones a remos relegadas a segundo término, como meros auxiliares de las grandes naves a vela.
El período naval otomano, que resurge con Selim I y se desarrolla con Solimán el Magnífico, en los comienzos del reinado del sucesor de este último, Selim II, constituía una temible amenaza para las naciones cristianas del Mediterráneo, ya que, un tanto decaída la otrora indiscutible potencia naval veneciana, el sultán turco podía reunir una flota tan importante, por lo menos, como las de todas las potencias navales cristianas reunidas. Selim II no había heredado las brillantes cualidades de su padre, y pasaba la mayor parte de su tiempo entregado a la disipación, dejando el gobierno en manos del hábil visir Mohamed Sokolli, que preocupóse de acrecentar el poderío naval, ya temible a la muerte de Solimán. Instado por varios de sus consejeros, el sultán concibió el propósito de incorporar la isla de Chipre al imperio otomano, exigiendo la entrega de la misma a la república de Venecia, en febrero de 1570. La serenísima, a pesar de no tener deseos de guerra, ni tampoco hallarse suficientemente preparada para ella, conservaba aún conciencia de su antiguo poderío, y sin considerar el temible adversario que era el imperio turco, rechazó indignada, la proposición. La negativa equivalía a la guerra, y de aquí que ambas partes llevaran a cabo grandes preparativos para enfrentarse a ella. El sultán, decidido a apoderarse de la isla a viva fuerza, designó al renegado Piali kapudán-  destinado a la expedición contra Chipre, el cual se componía de 160 galeras, 60 fustas y galeotas, 15 mahonas y naves y otras 120 embarcaciones pequeñas. El ejército de desembarco, unos 60000 hombres, con 80 piezas de campaña y asedio, lo mandaba el “seraskier” Mustafá-pachá.  


La república de Venecia consiguió armar a duras penas, por falta sobre todos de remeros, 136 galeras, 11 grandes galeazas y 14 naves, designando general de an poderosa armada a Jerónimo Zanne, auxiliado por los dos “provveditori” Canale y Celsi. No obstante, bien sabía Venecia que su poder no era el de antes, por lo que resultaba incapaz de contrarrestar por sí sola a la flota otomana, y de aquí que solicitara apoyo de varios países cristianos, Francia, Inglaterra y el Imperio, sin obtener ningún resultado, pues solo Génova, Saboya y la Orden de Malta le ofrecieron pequeña e irrisoria ayuda. Venciendo su manifiesta animadversión hacia España, Venecia suplicó apoyo del papa, PíoV, a fin de que intercediera cerca de Felipe II para que éste autorizase que por lo menos una parte de su flota de galeras reforzara a la veneciana, considerándose difícil accediera a ello el Rey Católico al hallarse bien presente en su memoria el fracaso de Preveza (ciudad de Grecia, en Epiro) y la falta de cooperación de los venecianos cuando el asedio de Malta, en que sí, todo lo contrario que permanecer neutrales, hubieran engrosado las armadas cristianas, habríase logrado aniquilar el poderío marítimo otomano. No obstante, el pontífice, que ya de tiempo atrás meditaba el proyecto de una liga de potencias cristianas que cortase de raíz los continuos progresos de las armas otomana, envió al hábil Luis de Torres, clérigo español de su confianza, para que convenciera a Felipe II de la necesidad de socorrer a Venecia y de constituir la proyectada Liga, formando España parte principal de ella. Felipe II accedió por lo pronto a que las escuadras de galeras de Sicilia y Nápoles y las que se hallaban a sueldo de España en aguas italianas se uniesen a la armada veneciana y a la pontificia (Venecia había entregado a la Santa Sede doce galeras desarmadas para que constituyeran el núcleo de una flota papal), y pocos días después, a mediados de mayo de 1570, el monarca español se adhería al proyecto de Liga cristiana, designando sus representantes en Roma, para la discusión de los términos y condiciones en que aquélla había de constituirse, a los cardenales Granvela y Pacheco y al embajador Juan de Zúñiga.   (Continuará)

martes, 2 de julio de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXV)

Yo -inútil peso de la tierra- más que un escritor, soy un escribidor, un escritorzuelo, un foliculario; o un grafómano, o un plumífero. Todas estas palabras, salta a la vista, tienen un matiz despreciativo o menospreciativo. Los poetas nacen, los oradores se hacen. Es un axioma escolástico. La poesía es un don natural, mientras que la oratoria se aprende. Los grandes escritores de todos los países y de todos los tiempos, tenían sus licencias poéticas o literarias. Yo también las tengo.  Es en lo único que puedo emular a los literatos. Los que me conocen ya se habrán dado cuenta; los que no me conocen quizás no se hayan percatado.  Mis  cartas       –epístolas de los hombres oscuros- solo tienen eso que los juristas llaman animus jocandi (pronúnciese iocandi): deseo e intención de divertir.
Siempre faltan palabras donde sobran sentimientos. Porque el corazón tiene razones que la razón no conoce. El elocuente calla y el ignorante lo quiere hablar todo. Cuando yo navegaba, estando una noche en uno de los corredores de popa gozando de la conversación de un compañero, etesiarum flatu nimii temperantur calores (con el soplo de los vientos etesios se hacen más soportables los excesivos calores), mi amigo me alertó de los peligros del trato humano (yo era bastante más joven que él: un simple grumetillo, por no decir un pardillo), y me aleccionó que detrás de todo gran hombre se vislumbra, siempre, una gran mujer. Una magnífica y discreta fémina, una extraordinaria esposa, madre y señora, que sabe ser prudente, cauta y sensata, como un segundo de a bordo cuando recibe las órdenes del capitán.
Mi camarada, al que llamaremos Baltasar, era un hombre de estudio, de lecturas reposadas, de conversaciones gustosas y de experiencia en el conocimiento de la naturaleza y psicología humanas. “La conversación, el diálogo -me decía-, es cosa de dos, como mucho de tres; cuatro son multitud. Un diálogo de sordos. Una torre de  Babel”. Y continuó: “recuerda que la noble conversación es hija del discurso, madre del saber, desahogo del alma, vínculo de la amistad. El mundo se concierta de desconciertos: es engañoso, tiene dos caras; la virtud   perseguida, el vicio aplaudido y todos vivimos en asechanzas porque, algunas personas, tienen una lengua más afilada que las navajas”, me decía. “Yo solo uso mi lengua para comer”, fue otra de sus frases que me quedaron grabadas para siempre. Palabra y piedra suelta no tienen vuelta, claro. Que lo sepan algunos. Mi compañero me dijo, también, que viéndose sin amigos vivos, apeló a los muertos. Cuando escuché aquello me debió quedar una cara de asombro que, si Maimónides viviera, me incluiría en las páginas de su “Guía de perplejos”. Luego me aclaró que quería decir que el trato con los grandes escritores del pasado -la pléyade- le resultaba menos decepcionante que la relación con los vivos. Usaba mucho, como pude comprobar, tropos como la metáfora, la metonimia y la sinécdoque. Era un hombre muy leído, sin parangón, un maestro, un profesor; con él aprendí mucho.  
  Llegado a este punto me doy cuenta de que no ha quedado claro lo de los vientos etesios y deseo dilucidar, explicar, que los vientos etesios, anuales, son los que soplan periódicamente del norte, durante el verano, en el Mediterráneo oriental. Estos vientos determinan un tiempo cálido y seco, porque los relieves costeros del norte provocan efectos de foehn. El foehn más típico es el que sopla en los valles austriacos y suizos, al N de las crestas alpinas, entre el Vorarlberg y el Leman. Los meteorólogos designan con el nombre de foehn en aire libre todo descenso que determina una disminución de humedad relativa y de nebulosidad y un recalentamiento adiabático.
Baltasar me hablaba mucho, casi todos los días,  de dos personajes que él llamaba Andrenio (hombre instintivo o común, distinto del crítico), y Critilo (persona reflexiva, o de juicio equilibrado) que luchan con el mundo, como símbolo de los instintos y de la razón, de lo espontáneo y de lo reflexivo, de la pasión y la voluntad.
La admiración es hija de la ignorancia; el más noble de los sentidos es la vista. Pero malos testigos son para los hombres los ojos y los oídos cuando se tienen almas bárbaras. Y de esos hay muchos. Desgraciadamente.
José Cadalso publicó Los eruditos a la violeta, ingeniosa sátira contra la erudición superficial. Yo, que confundo el apotegma con la apotema, el banano con el baniano y el tálamo con el túmulo, no soy culto ni docto. Pese a estar en inferioridad de condiciones ante tanto entendido, vivo feliz y contento con mi aurea mediocritas (áurea medianía). Y con mi ironía. La sátira, que nació en Roma y que hizo proclamar a Quintiliano sátira tota nostra est.

¡Hasta pronto!
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sábado, 8 de junio de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXIV)

Hace un año que yo tuve una ilusión. Hace un año que hoy, precisamente hoy 8 de Junio, se cumple en este día. “Es de Primera, el Celta es de Primera; es de Primera, el Celta es de Primera”. Música, recuerden, de Guantanamera. Y la afición es de ... primerísima. Cuando nadie, repito, nadie, daba un maravedí –moneda española antigua de distintos valores según las épocas, y, algunas veces, imaginaria- el Celta, en un impresionante acelerón en los últimos metros, dejó atrás a tres equipos y se salvó del descenso. Deportivo, Mallorca y Zaragoza van a jugar, no les queda otro remedio, en Segunda la próxima temporada. Coruña, Palma y Zaragoza son ciudades que tienen categoría y afición para tener equipo de Primera; solo hay que tener un poco de paciencia y ponerse a trabajar ya para conseguir el ascenso la próxima temporada.
Sin despreciar, claro, a ninguna ciudad, a ninguna afición, ni a ningún club. Pero la risa, ya se sabe, va por barrios. Unas veces le toca reír a unos y llorar a otros, y otras llorar a unos y reír a otros. El Triunfo y la Derrota, así con mayúscula, ya lo dijo Rudyard Kipling, son dos impostores...
Dejemos el fútbol a un lado y acabemos, en el buen sentido de la palabra, con don Álvaro de Bazán.
Bazán, en contra de la opinión del duque de Alba, había propuesto al rey organizar una expedición contra Inglaterra, que fuese la debida réplica a los ataques británicos contra España y sus colonias y a la ayuda que prestaba Isabel a la rebelión de los Países Bajos. Era buena ocasión aprovechar para tamaña empresa el regreso de las fuerzas victoriosas de la campaña de las Azores. El 26.1.1586 se le ordenó a Bazán, reunir una buena armada, pero con fines defensivos; no obstante, se le decía que informase sobre ello lo que considerase más conveniente. El marqués propuso de nuevo la expedición directa contra Inglaterra, y al fin el rey, con fecha 8 de marzo, le encargó de sus aprestos navales. Los daños que Drake causó en Santo Domingo hicieron al rey torcer las miras de la expedición, ordenando a Bazán que con las fuerzas preparadas se dirigiese contra el famoso corsario. No obstante darle la orden, le decía: “a esto responderéis luego con lo que se os ofreciere, que holgaré de ser informado de quien sé que tan bien entiende”. Bazán asintió, puesto que en nada, en realidad, se oponía esta jornada a la que estaba tan devotamente preparando. Las noticias que se recibieron, antes de estar dispuesta la escuadra para salir, hicieron desistir de la expedición contra Drake, que, por quedarse sin víveres, se dirigió a las Azores, y así siguieron los aprestos de la gran armada contra Inglaterra. La contestación del rey a una misiva de Bazán, fechada aquélla en 7 de febrero, es decir, dos días antes de la muerte de Bazán, puede hacer pensar no ser cierto el que su muerte fuese debida al disgusto que hubiese podido causar al marqués, ya enfermo, una supuesta reconvención del rey que consideraba excesivamente lentos los preparativos para atacar a Inglaterra. No obstante, lo que sí está probado es que los envidiosos habían trabajado en contra de la fama de Bazán; uno de ellos era Álvaro de Leiva, que insinuaba que Bazán, disconforme con el plan adoptado, de que las operaciones terrestres las mandase Alejandro Farnesio, generalísimo de los Países Bajos, y deseoso de conservar la unidad de mando, procuraba dificultar la empresa. Su fallecimiento causó en Lisboa y en la armada un día de profunda pena. Su cadáver fue llevado al Viso, su señorío, a diez leguas de Ciudad Real, quedando depositado en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción hasta enero de 1643, que fue trasladado al panteón de su familia en el convento de San Francisco de aquella villa.

Como resumen de los servicios del marqués de Santa Cruz se ha dicho que rindió 8 islas, 2 ciudades, 25 villas, 36 castillos fuertes; venció a 8 capitanes generales, a 2 maestres de campo generales y a 60 señores y caballeros principales. Rindió 4573 soldados y marineros franceses, a 780 ingleses, a 6450 portugueses rebeldes en las islas y armadas de Lisboa y Setúbal. Hizo esclavos a 6243 moros y dio libertad a 1654 cautivos cristianos; apresó y tomó 44 galeras reales, 21 galeotas, 27 bergantines, 99 galeones y naos de alto bordo, 7 caramuzales, 3 cárabos moriscos y una galeaza, y tomó en total, en sus campañas, 181 piezas de artillería.    

martes, 28 de mayo de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXIII)

Decíamos ayer...
Sí, decíamos ayer: La batalla de Lepanto, el gran choque entre Oriente y Occidente, la dejamos para otra ocasión. Pues, ya llegó la ocasión.
El 7 de octubre de 1571 fue la gran batalla. El gran combate naval que tuvo lugar en el golfo homónimo, cerca de Lepanto (actualmente Naupacta), entre la flota turca, al mando de Ali Bajá, y las escuadras veneciana, pontificia y española coligadas en la Santa liga, bajo el mando conjunto de Juan de Austria. El enfrentamiento, que concluyó con la victoria de la liga, detuvo momentáneamente la expansión turca.
Se designó a Bazán para el mando de la cuarta escuadra o de socorro, compuesta de treinta galeras. Para los ojos del profano parecerá que esta función de constituir la reserva es menos gallarda que la de formar la vanguardia o el cuerpo de batalla, como entonces se llamaba al grueso. Pero téngase en cuenta que la reserva precisamente es con la que el mando maniobra y reacciona una vez tiene todas sus fuerzas empeñadas en acción y que en aquellos tiempos, de tan difíciles comunicaciones, dicha reserva debía estar a cargo, precisamente, de alguien en quien el generalísimo tuviese absoluta confianza, ya que no podía tener la seguridad de que en un momento dado pudiesen llegar sus órdenes a su comandante, debiendo por lo tanto actuar éste en la forma más conveniente. Lo dice Don Juan en la relación oficial de los hechos: “El marqués (Bazán), a cuyo cargo quedaba la retaguardia y socorro por la importancia que era a todos, y de quien fiaba el peso de aquella jornada que esperaba con mucho advertimiento, en cual parte de la batalla prevalecía la armada cristiana y dónde convenía , no dilatando el socorro, acudir con toda presteza en favor de los suyos y con cuántas galeras. Y porque en semejante caso era imposible dar instrucción determinada y orden expresa de lo que había de poner en obra, pues para la resolución se había de acordar y efectuar según la necesidad y ocasión preferente, remití el orden a la prudencia y dirección del dicho marqués, que sabría bien conocer si el enemigo tendría galeras de socorro y cuántas serían... “
En el transcurso del combate acudió primero Bazán a reforzar el ala izquierda, donde los venecianos estaban en situación muy comprometida. Después acudió a reforzar el centro, pudiendo meter doscientos soldados, de refuerzo, en la galera Real, que estaba aferrada (véase entrada o entrega V) con la capitana de los turcos y convertida a la sazón en campo de batalla flotante. Llegó Bazán  a tiempo para represar (recobrar la embarcación que había sido apresada) a la capitana de Malta que ya se llevaba a remolque, y a la de Juan de Cardona a la que acosaban ocho enemigas; “allí donde la balanza se inclinaba a favor del estandarte de Mahoma, allí aparecía el marqués y con el peso de su espada lo hacía bajar hasta el abismo”.
En 1573 fue también Bazán  el auxiliar más eficaz de Juan de Austria en la expedición  a Túnez, base principal de los piratas y corsarios africanos, que se llevó a cabo con 207 barcos y 21000 hombres de desembarco. Las naves quedaron fondeadas al amparo del puerto de La Goleta, que mantenía por parte de España una guarnición mandada por Pedro Portacarrero. Don Juan desembarcó con las tropas, estableciendo el campo en el cercano lugar de Diana; por su orden, Bazán salió de allí y se dirigió con 3000 soldados contra Túnez, en fulminante avance, tan resuelto que los de la plaza, no bien apareció, la abandonaron, dejando abundante botín. El rey le dio por ello directamente las gracias: “A vos os agradezco el cuidado y diligencia con que habéis asistido a mi hermano en lo que os ha recomendado”.
En el año siguiente, con ocasión de estar amenazada Túnez por los turcos y no haber fondos para movilizar los barcos con que acudir a defenderlos, tuvo Bazán el generoso gesto de dar todos sus fondos disponibles, 80000 ducados la espera, cerca de los lugares amenazados del sur de Italia. Llevó a Malta 3000 infantes, artillería y víveres. Al regreso de aquella isla recibió orden de cruzar ante las costas de Sicilia, Calabria y Berbería y limpiar de corsarios sus aguas, así como destruir en Bizerta un fuerte que construían los moros. Al renunciar los turcos a su ataque, Bazán pudo disponer de sus fuerzas para desembarcar, cerca de Trípoli, en la isla de Kerkenah, otro de los nidos de los piratas africanos. Llegó el marqués con 40 galeras propias y cinco más que recogió de las de Malta, y desembarcó 5000 infantes y50 caballos.     
A fines de 1576 fue nombrado capitán general de las galeras de España. Hasta 1578 no pudo tomar posesión de su nuevo mando, llegando primero a Barcelona y luego a Cartagena, donde organizó las naves y su apostadero. Con sus nuevas fuerzas llevó a cabo los socorros a Orán, al Peñón de Vélez y a Melilla. Después de la derrota de Alcazarquivir, donde pereció el rey Sebastián de Portugal, Bazán es encargado de rescatar a los prisioneros portugueses y socorrer a Ceuta, saliendo para ello de Gibraltar con 30 galeras.
Mientras esto ocurría, acaeció la muerte del anciano cardenal Enrique de Portugal, quedando Felipe II como heredero de la corona de este reino, alzándose contra sus derechos Antonio, prior de Ocrato. Empezada la campaña de Portugal y en apoyo del ejército del duque de Alba, Bazán zarpa de Cádiz con 56 galeras y 48 naves, y a va Cascaes, donde entra en contacto con Alba.
En enero de 1582 es nombrado capitán general de la armada para las islas Terceras. Francia e Inglaterra, envidiosas del poder de Felipe II, protegían al bastardo pretendiente, que en compensación de su ayuda ofrecía a Francia la isla Madeira, Guinea, Brasil y el derecho al comercio en las islas Orientales. De Nantes salió una armada francesa con dirección a la isla de San Miguel de las Azores; la mandaba Philippe Strozzi, hijo del mariscal de Francia Pierre Strozzi, y llevaba muchos caballeros de la nobleza entre ellos el conde Beaumont, general de las fuerzas de desembarco. El rey dio orden a Bazán de salir prontamente sin esperar las fuerzas de Andalucía, por lo que el marqués salió de Lisboa (julio de 1582) con sólo 28 naves y 5 pataches, comprendidas en ellas las 14 naves que de Guipúzcoa había traído el general Miguel de Oquendo. En el encuentro, la escuadra francesa fue destruida. Bazán fue recibido en Lisboa con grandes honores y se le honró con la encomienda mayor de León y la Cruz de Santiago. En fecha de 26.7.1583, aniversario de la victoria naval de la isla de San Miguel, tuvo lugar el ataque a la isla Tercera, que seguía partidaria de Antonio de Ocrato y a la que los franceses habían mandado una escuadra. Después de sangrientos combates, Bazán ocupa Angra, San Jorge Fayal del Pico y las islas Graciosa y del Cuervo. A su vuelta a la Península recibió el marqués, escrito por el mismo rey, el testimonio de agradecimiento, y cuando se presentó en la corte le mandó cubrirse como grande de España, siendo nombrado además capitán general del Mar Océano y de la Gente de Guerra del reino de Portugal.


La próxima entrada o entrega será la última sobre don Álvaro de Bazán.

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXII)

¿Recordáis? Dejábamos a Álvaro de Bazán rezagado en el Peñón, con siete galeras de su mando. Reunida después la flota en Málaga, García de Toledo propuso la  inutilización de otro de los nidos de piratas de la costa norteafricana: la desembocadura del río Martín. Se encargó de la operación a Bazán, y empezaron los preparativos en noviembre (1564). La llevó a cabo con 5 galeras, 6 bergantines y 4 carabelas de las llamadas de Conna (muy apropiadas para cegar ríos con su carga de cantería, cal y arena), una galeota y 3 chalupas. Partió de Ceuta, de noche, y con objeto de efectuar una maniobra de diversión, consiguió que su gobernador portugués atacase antes del amanecer a una torre a legua y media de Tetuán. Echó también Bazán alguna gente a tierra, dejando para recogerla varios bergantines. Con gran exposición por su parte, dirigió la formación del barraje, teniendo que sondar el río para ver dónde había de hundir las carabelas. Mientras esto se llevaba a efecto, Alonso, su hermano, con sus cuatrocientos tiradores, escaramuceaba contra los moros, causándoles más de 100 muertos y haciéndoles creer con dicho golpe de mano que se trataba de un desembarco en vez de cegar el surgidero. En éste quedaron embotellados doce fustas y bergantines, moros y turcos. Fue de tanto más mérito esta operación ya que los moros estaban alertados de que algo se iba a hacer contra ellos, por unos barcos ingleses que avisaron de los aprestos al xerife de Larache, que a su vez el mando de las galeras berberiscos contra los cristianos, atacando a la isla de Malta con más de 200 galeras y desembarcando en ella 30000 hombres mandados por Piali Bajá y Mustafá. Se encargó del socorro a García de Toledo, que reunió el consejo de sus capitanes para determinar qué era lo que convenía hacer. Bazán propuso escoger las 60 mejores galeras reforzándolas con los remeros de las que se quedasen, y que se embarcasen en ellas nueve o diez mil hombres, llevando cada uno un saco de pan de 60 libras, con lo que tendrían víveres para 15 días, contando que carne no faltaría en la isla y confiando que los turcos no osarían aguardarles. Como se opusieran algunos del consejo, considerando el plan como muy atrevido, contestó Bazán: “En todas las empresas, después que se han pesado bien las circunstancias, hay que dejar algo a la fortuna”. Finalmente, al saberse que la situación en Malta era muy crítica, se aceptó su plan. (“¡¡Malta!! ¡¡Malta!!”, gritaron; “El faro de Malta”. Duque de Rivas). En el puerto maltés de Malaca desembarcaron 11000 hombres, en su mayoría de infantería española veterana. García de Toledo volvió con presteza a Siracusa a recoger otros 4000 infantes de refuerzo. Los turcos, creyendo que los efectivos desembarcados por los cristianos eran mayores, reembarcaron; pero al informarse de la verdad, volvieron a desembarcar, siendo derrotados y perseguidos por los españoles hasta dentro del agua, quedando de este modo libertados los caballeros de Malta. En 1568 se dio a Bazán el mando de las galeras de Nápoles, limpiando con ellas de corsarios las aguas de aquel reino y del de Sicilia. Organizó la construcción naval, hasta tal punto, que llegó a rivalizar con la famosa de Génova y, en menos de un año, llegó a botar 38 galeras. Durante el ejercicio de este mando socorrió con sus naves al fuerte de la Goleta, que estaba en situación crítica, apresando de camino a dos bajeles turcos. También tomó parte en la represión de la revuelta de los moriscos, bloqueando las costas de Granada y evitando que aquéllos recibiesen socorros por mar, mientras Juan de Austria los combatía por tierra.
Con fecha 12.10.1569 el rey concedía a Bazán el título de marqués de Santa Cruz en premio a sus servicios. Al año siguiente, Selim II amenaza Chipre, y Venecia pide
 ayuda a Pío V y a Felipe II. La reacción de la cristiandad no se hizo esperar, formándose la Santa Liga, entre el Sumo Pontífice, España, con sus reinos de Italia, y Venecia, dándose el mando general de la formidable escuadra a Juan de Austria. Bazán fue uno de los principales consejeros que se dieron al generalísimo para asesorarle en las cosas de mar. El marqués opinaba que debía acudirse prontamente a socorrer a Chipre, y el no aceptarse su dictamen trajo consigo la triste suerte de Nicosia.

La batalla de Lepanto, el gran choque entre Oriente y Occidente, la dejamos para otra ocasión. Tiene tela. Tela marinera, claro...  

martes, 14 de mayo de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXI)

A veces uno se pregunta: ¿Qué significa la palabra? ¿Qué quiere decir la frase? ¿Qué dice la oración? ¿Qué quieres decir tú? ¿Quieres decir lo que dicen tus palabras? ¿Quieren decir tus palabras lo que tú quieres decir? ¿Quieres decir lo que dicen tus palabras, pero no lo que significan tus frases? ¿O quieres decir lo que dicen tus palabras y tus frases, pero no lo que quieren decir tus oraciones? ¿O quieres decir lo que quieren decir tus oraciones, pero no lo que significan tus palabras sino lo que dicen tus frases? ¿O quieres decir lo que dicen tus oraciones, pero no lo que dicen tus frases, sino lo que dicen tus palabras? ¿O quieres decir que dices lo que dicen tus oraciones, pero no lo que quieren decir ni tus palabras ni tus frases? ¿O quieres decir que dices lo que quieren decir algunas de tus palabras y todas tus frases, pero no lo que dicen tus oraciones?   
Es evidente que para entender algunos textos hay que recurrir a la hermenéutica...  (Inter nos: me he metido en un berenjenal –también llamado galimatías- que no sé como voy a salir de él; mientras tanto, vamos a hablar un poco más de Álvaro de Bazán).
En mayo de 1556, estando Bazán fondeado en Cascaes (Portugal) con su armada, dio caza a una nave francesa, cobrando setenta prisioneros y 15 cañones. En el mes de junio, corriendo la costa de Berbería (País de lo bereberes),  recibió noticias de que dos naves inglesas mandadas por Richarte Guates se hallaban fondeadas al abrigo de cabo Agüer, Alguer o del Agua y al amparo de su castillo, transportando armas y municiones para los moros de Fez. Se encaminó con sus naves a dicho cabo, forzó el fondeadero bajo el fuego de la artillería que lo defendía, y rindió a los barcos ingleses, tomando 200 prisioneros y 60 piezas de artillería y quemando además 7 carabelas armadas, destinadas a ir contra los barcos españoles que pescaban en las proximidades de cabo Blanco.
El 8.5.1562 fue nombrado capitán general de una escuadra de 8 galeras y de una fragata, dedicada a la guarda del estrecho de Gibraltar y norte de África. Los berberiscos y turcos, en combinación con los moriscos aún en la Península, asolaban las costas del sur de España y atacaban sus plazas africanas. También perturbaban la navegación española los corsarios ingleses, escoceses y franceses. En 1563, encontrándose Bazán con sus naves en el Puerto de Santa María, acudió a él el corregidor de Gibraltar, informándole que ocho naos inglesas habían atacado a una francesa a la que no podían tomar porque no se atrevían a ponerse bajo los fuegos del castillo de aquella plaza. Se presentó Bazán con cinco galeras, dio caza a dichas naos y las apresó con sus dotaciones, que sumaban 500 hombres, comprobándose que eran corsarios. Tomó también 200 piezas de artillería.
Al empezar el año 1564 se supo que el bey (sic) de Argel se preparaba para atacar Orán y Mazalquivir (Mers el-Kébir), con ayuda de los turcos. Se ordenó el alistamiento de todas las galeras al servicio del rey y de cuantas embarcaciones pudiesen llevar tropas. Don Álvaro salió para Vizcaya a requisar chalupas, para unirlas a las que ya en el Puerto de Santa María tenía requisadas su hermano Alonso. Al saberse que el de Argel desistía de su idea porno mandarle el Turco su escuadra, el rey Felipe II decidió aprovechar la acumulación de tan gran armamento para tentar la recuperación del Peñón de Vélez de la Gomera, casi inexpugnable de corsarios berberiscos, capitaneados por Kara Mustafá. Se dio el mando de la empresa a García de Toledo, jefe de las fuerzas de Portugal y Malta, que reunió cincuenta y siete galeras de diferentes reinos. Bazán se incorporó con otras veintidós, en el puerto de Palamós. Los resultados de la jornada fueron altamente favorables. Bazán mandó la vanguardia en la fase de aproximación al Peñón, reconoció la plaza, y el 6 de septiembre desembarcó la artillería y dejó aquélla abastecida. Por orden de García de Toledo, al retirarse la armada, se quedó rezagado en el Peñón, con siete galeras de su mando. 

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XX)

Y seguimos con los piratas. En la antigua Grecia, por ejemplo, estuvo muy desarrollada la piratería. Puede asegurarse, porque en numerosos casos hablan los autores clásicos, poetas y geógrafos, de ella. Es indudable que no tuvieron los griegos tan desarrollado el sentido moral como el estético o el especulativo. Herodoto da igual acepción a pirata que a comerciante o marino. Ya entre las islas del mar Egeo, tan propicias a la emboscada, navegaron piratas en embarcaciones remeras de fondo plano, y muy veloces, desde poco después de las invasiones dóricas, comenzadas en el siglo XI a.C. Lo que más llama la atención al lector moderno, es la falta de sanción moral que tuvieron los griegos par esta clase de personajes. Encontraban normal su cometido, y no consta que se intentara nada contra ellos, en el sentido de castigo legal. También se sabe que a veces se reunía una verdadera nube de embarcaciones para asaltar ciudades costeras; algunos cimientos de antiquísimas torres en las islas Egeas, revelan el lugar de emplazamiento de construcciones encaminadas a dar aviso de la llegada de los piratas. El botín más codiciado por los antiguos mediterráneos fue el humano, para la esclavitud. La literatura latina, sobre todo la geográfica, abunda en citas sobre el peligro de la navegación a causa de la piratería.
Se citan dos casos muy conocidos y comentados por el gran nombre que alcanzaron sus protagonistas, que fueron Julio César y su rival Pompeyo. Siendo el primero muy joven fue hecho prisionero con otros navegantes por un grupo de piratas. El jefe dijo a Julio César que pensaba pedir por él veinte talentos. Y el cautivo contestó que el pirata era un necio, pues podía pedir hasta cincuenta. Cuando el rescate llegó, César fue llevado con otros a Mileto. El gobernador prestó a César cuatro galeras y 500 soldados, con los que cayó sobre la guarida de los piratas que fuero apresados. Al pretor de Pérgamo,  Junio Silano, le desagradó el valor de aquel joven y tal vez en compromiso inconfesable con los piratas, no se mostró dispuesto a castigarlos; entonces el propio César marchó a la prisión y los condenó a ser crucificados, aunque por haberle dado buen trato en su cautiverio, aconsejó se suicidaran los que así lo prefirieran. No hay detalles que puedan fundamentar que se llevara a cabo tan atroz sentencia. En cuanto a Pompeyo, se sabe que uno de los primeros peldaños del pedestal de su fama fue el exterminio, en tres meses, de los piratas mediterráneos, para lo cual necesitó se le dieran amplios poderes, 500 naves y 120000 hombres. La época en que estuvieron más envalentonados los  piratas frente a Roma, fue cuando los protegiera Mitrídates, rey del Ponto, antigua  región del NE de Asia Menor, junto al Ponto Euxino.  
La isla de Borneo fue un centro de piratería en diversas ocasiones. Sus salvajes moradores autóctonos, no conocieron nada del arte de la navegación; pero cuando fueron invadidos por los malayos, estos supieron inculcarles la idea de la caza del hombre por entre los extensos archipiélagos, como desde siglos la venían ejecutando en la cálida manigua borneana. El pirata malayo, en general, también buscaba la caza de los seres humanos; si no podían rescatados, se les sacrificaba por lo procedimientos más espantosos, sobre todo si eran blancos, o se les guardaba para ser vendidos como esclavos. Los presos de raza papúa de Nueva Guinea eran comprados por el rajá de Achin. El mercado máximo de esclavos estuvo en la isla de Sarangay, cerca de Mindanao. El último pirata malayo se llamaba Raga; comenzó sus fechorías en 1813 y llegó a destruir más de cuarenta buques a cuyas tripulaciones pasaba a cuchillo, reservándose los capitanes que gustaba decapitar él mismo.