miércoles, 16 de octubre de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXX)

               

¿Quién no ha oído hablar de El Callao? Esta ciudad de Perú y puerto de Lima, de la cual dista 10 kilómetros, forma una conurbación con la capital del país y es un activo puerto en el Pacífico. Fundada en 1537, fue la última plaza americana que perdieron los españoles (1826). Durante la guerra entre España y las repúblicas de Chile y Perú tuvo lugar el bombardeo de El Callao (2 mayo 1866) por la escuadra española del Pacífico al mando del almirante Méndez Núñez; la acción se saldó sin vencedores ni vencidos.
Después del bombardeo de Valparaíso, en 31 de marzo, decidió Méndez Núñez (Vigo, 1.7.1824), jefe de la escuadra española de operaciones en el Pacífico desde la muerte del almirante Pareja, que se suicidó a consecuencia del descalabro sufrido en el combate de Papudo, ampliar las actividades de dicha fuerza, realizando una acción de importancia en las costas del Perú, nación que estaba en guerra con España desde el 30 de enero.
Reforzada la escuadra española con la fragata Almansa, de 50 cañones, que se incorporó el 9 de abril, aquélla levó anclas de Valparaíso el 14 de dicho mes. El almirante español, preocupado por los comentarios que se habían hecho a consecuencia el bombardeo de dicho puerto en los que llegaba a afirmarse que la escuadra española no tenía arrestos suficientes para atacar plazas fortificadas, limitándose a bombardear ciudades abiertas, ardía en deseos de demostrar lo infundadas que eran tales difamaciones, a pesar de que las órdenes concretas del gobierno de Madrid se constreñían al bombardeo de Iquique y otros puntos de escasa importancia, debiendo regresar inmediatamente después a la Península. Deseando lograr un triunfo, decidió atacar el puerto de El Callao, poderosamente fortificado, por lo que el 27 de abril se presentó ante la plaza, comunicando al cuerpo diplomático que cuatro días después atacaría las defensas de la ciudad, plazo que hubo quien estimó innecesario, ya que el provocador había sido el gobierno peruano y dado que la plaza se hallaba fortificada, por lo que solo sirvió para, aparte de abandonar la ciudad los neutrales y no combatientes, aprovecharlo los peruanos en reforzar sus aprestos defensivos, si bien también les fue útil a los buques españoles en sus preparativos de ataque. Alguno de éstos –tal la fragata de madera Blanca- fue reforzado con un rudimentario blindaje hecho de cadenas, y todos pintaron de negro las franjas blancas de sus costados, que llevaban así según costumbre de la época, a fin de ofrecer blanco menos perceptible a los cañones enemigos; echaron abajo las vergas mayores y calaron los masteleros, para resguardar en lo posible a la arboladura de las averías que pudiera causarles el fuego enemigo.  
L escuadra española, fondeada en la cercana isla de San Lorenzo, comprendía una fragata blindada, la Numancia (buque de guerra de primera clase, de 7500 toneladas, maquinaria de 1000 caballos, velocidad de 13 millas y blindaje de 130 mm de espesor), armada con 40 cañones; cuatro fragatas de madera: Almansa, de 50 cañones; Villa de Madrid, de 46; Resolución, de 40, y Blanca, de 36, y una goleta, Vencedora, armada con 3 piezas de artillería; en total, 215 piezas, en su mayoría de 68 libras como calibre máximo.
Frente a estos medios, la plaza de El Callao alineaba formidables defensas, dada la ventaja que siempre han ofrecido las fortificaciones costeras en relación con el armamento de las naves atacantes. Según el criterio de los neutrales y las apreciaciones de la propia escuadra atacante, las defensas de la plaza contaban con 92 piezas de artillería, de ellas 14 cañones gigantes (8 Blackely, rayados, con proyectiles de 450 libras, y 6 Armstrong, también rayados, con proyectiles de 300 libras); 40 cañones, lisos, de 16 cm y 38, también lisos, de a 32 libras. Los datos oficiales peruanos dan cifras más reducidas, según las cuales solo había 4 cañones gigantes Armstrong, con proyectiles de 300 libras, emplazados por pares, en los extremos septentrional y meridional de la plaza, en dos torres blindadas (llamadas “Junín” y “La Merced”, respectivamente); 4 cañones gigantes más, Blackely, con proyectiles de a 450 libras, acasamatados y defendidos por terraplenes, distribuidos, uno a uno, en puntos estratégicos en el espacio existente entre las mencionadas torres, apoyados por 44 cañones de a 32 libras, repartidos en siete baterías situadas, dos en la parte norte, cuatro en la sur y una dando frente a la retaguardia de la torre meridional. Un cañón gigante más, Blackely, había sido montado precipitadamente, quedando inutilizado al primer disparo. En total, pues, según estos datos, solo disponían los peruanos de 53 piezas, de ellas 9 de enorme calibre. Además, había que añadir la artillería de los pequeños buques peruanos, que eran los monitores Loa (con cañón de 110 libras) y Victoria (con un cañón de 68 libras) y el vapor Tumbes (con dos cañones de 32 libras), los cuales defendían el centro de la línea. Finalmente, en varios lugares de la bahía se habían colocado torpedos fijos, con disparadores eléctricos.
Fueran ciertas unas u otras cifras, el hecho incuestionable es que los buques españoles, todos de madera a excepción de la fragata blindada Numancia, además de carecer de una sola boca de fuego de gran calibre que oponer a los 14 (o, al menos, 9) enormes cañones enemigos, no se hallaban en condiciones de soportar los disparos de tan poderosas piezas, de las que se suponía que uno solo acertado en la línea de flotación bastaría para echar a pique a cualquiera de los buques de madera, ya que los proyectiles Armstrong rayados de 300 libras atravesaban blindajes hasta de 19 cm, superiores en 6 cm al de dicha fragata. El ataque a El Callao en tales condiciones era empresa temeraria, dados esos medios de defensa y las enseñanzas obtenidas en la entonces reciente Guerra de Secesión americana, en que casi siempre las baterías costeras, aun con enorme inferioridad en número y calibre de las piezas, habían prevalecido en su acción contra las escuadras. Además, los defensores de El Callao podían cubrir sus bajas y renovarse con tropas de refresco, disponiendo de toda clase de recursos, en tanto que los buques españoles, a miles de millas de su país, carecían de reservas y no podían reponer sus pérdidas. Pese a tales inconvenientes, no se arredró el almirante español, ni los comandantes de los barcos y dotaciones a su mando.         (CONTINUARÁ).

miércoles, 25 de septiembre de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXIX)

El último párrafo de la entrada o entrega XXVIII me inspira la XXIX. Por eso, hoy, vamos a hablar, con calma, de la calma.
La calma es la carencia de viento; sosiego y tranquilidad de la mar.  En la vigente escala anemométrica de Beaufort, la calma se expresa con la cifra 0 y la equivalencia de la velocidad del viento a una altura tipo de 10 m por encima de un terreno llano y descubierto es de 1 nudos, 0-0,2 metros por segundo o 1 kilómetro por hora. Se caracteriza porque en tierra el humo se eleva verticalmente, y la mar está como un espejo. Tradicionalmente entre los marinos españoles se acostumbraba a invocar a san Laurencio, cuando el buque se hallaba envuelto en calma, como puede verse en el Arte para fabricar naos, de Tomé Cano (Sevilla 1611): “El señor Tomé nos dirá, que siente o entiende, de que tan comúnmente pidan los marineros al grande y valerosísimo mártir sant Laurencio, quando sobreviniéndoles Calma en sus viajes y faltándoles Viento, llaman e invocan  a este sancto con vn tan estraodinario modo de Oració, o breve invocación, diciendo: O sanct Laurencio Barbas de oro, dadnos Viento, Viento, Viento, san Laurencio: cosa que nose de donde procede, pues de ninguna manera nos consta, que este bien aventurado y fortísimo mártir hubiese navegado, ni exercitado las cosas marítimas”. La calma chicha o muerta es, por tanto, la falta absoluta de viento.
En el Atlántico norte existe una región de calmas y ventolinas variables, entre los límites de los alisios del NE y del SE; su anchura es de unas 600 millas, algo mayor al norte del ecuador por donde se halla su posición media; llega a los 15º N en el mes de septiembre. Sin embargo el nombre, no reina una calma continua en dicha zona, la proporción entre el ecuador y los 10º N, es del 117 por 1000, dependiendo tanto su extensión como efectos, de la época el año. Al oeste del meridiano de 28º, los alisios del NE y SE se unen a menudo y por ello puede pasarse de uno a otro sin notar caída del viento y hasta en medio de un chubasco. Al este de dicho meridiano ocurre al revés; el alisio del NE es interceptado por la costa de África y las calmas aumentan con la proximidad de la tierra. Con la anchura, el fenómeno es semejante; aumenta al ir hacia el E, excepto de mayo a octubre, época de los fuertes vientos del suroeste en el golfo de Guinea, que en ocasiones alcanzan al E del meridiano de 26º en la región norte del ecuador. Aquí, durante junio, julio y agosto, se presentan fuertes chubascos del suroeste y la aparición entonces de cúmulos-nimbos con descargas eléctricas, es indicio de contraste o aumento del viento.
En el Pacífico, la zona de calmas está también en el espacio entre los alisios del SE y NE y su forma es la de un triángulo con base en la costa americana y el vértice a una distancia dependiente de las estaciones. La menor anchura de la zona se halla entre los  meridianos de 113 y 163º O, en particular por los 146º O, donde frecuentemente llega a desaparecer. Al E de los 113º O el alisio del NE, es detenido por las costas de México y la América Central, menudeando ya las calmas todo el año, y la anchura de la zona es mayor cuanto más grande es la proximidad a la costa, aunque de junio a septiembre, a unas 300 millas de tierra, terminan las calmas y hace sentir sus efectos el viento del suroeste.
En el océano Índico hay calmas en invierno, especialmente en el mes de enero, en el hemisferio norte. Esta zona, confundida en parte con la del monzón del NO, tiene los límites siguientes: al este, la línea que va de cabo Comorín a la punta norte de Sumatra, y desde esta isla al estrecho de la Sonda; al oeste, la línea que corre desde cabo Comorín a Zanzíbar y la costa este de África; el límite varía entre los paralelos de 5 y 10º S, bajando hacia el mediodía de octubre a marzo con la isóbara de 758 mm y subiendo hacia el norte de abril a septiembre, cuando las calmas abundan menos y hasta llegan a desaparecer del todo.

En el océano Atlántico comprenden las regiones situadas sobre el límite polar de los vientos alisios y reciben el nombre del trópico a que pertenecen; radican entre los paralelos de 28 y 35º y su anchura oscila entre las 300 y 400 millas, aunque en realidad no forman dos fajas abarcando el globo, sino que son espacios aislados en los cinco mares de sargazos donde hay calmas y ventolinas variables. En el Atlántico, las calmas de Cáncer se presentan al oeste de las islas Azores y Madeira; en cambio, al E del meridiano de 18º O, es decir, desde Finisterre a las islas Canarias, hay vientos del NO al  NE, y en las últimas se unen a los alisios del NE sin notarse apenas las calmas; en la parte occidental el mismo mar y dentro de los límites de 28 y 35º, navegando de S a N se encuentran vientos que giran sucesivamente del NE al SO por el S, también sin intervalos sensibles de calmas. Las calmas de Capricornio como las de Cáncer se hallan igualmente en la parte central y comprenden una gran zona en latitud; se notan al separarse de la costa americana, fuera ya de la acción de los vientos generales de las costas de Brasil y del Plata; al acercarse a la costa de África cesan las calmas y experimentan vientos entre el SO y SE, uniéndose a los alisios del SE sin transición de calmas. En el océano Pacífico, la zona de calmas ofrece mayor regularidad que en el Atlántico, pero como su origen es semejante, también presenta análogas interrupciones, siendo las más notables, en las calmas de Cáncer, California y la costa norte de los Estados Unidos y en las calmas de Capricornio, las costas chilenas.

sábado, 31 de agosto de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXVIII)

¿Qué ha de hacer un hombre si no le entienden ni le atienden? “Leer, leer, leer, vivir la vida / que otros soñaron. / Leer, leer, leer, el alma olvida / las cosas que pasaron”. Se quedan las que quedan, las ficciones, las flores de la pluma, las olas, las humanas creaciones, el poso de la espuma. “Leer, leer, leer, ¿seré lectura / mañana también yo? / ¿Seré mi creador, mi criatura, seré lo que pasó?” El cuerpo canta; la sangre aúlla; la tierra charla; la mar murmura; el cielo calla y el hombre escucha...                           
Un día un amigo me dijo: “Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanza, de recelo.” ¡Qué de monólogos tiene que hacer uno, amigo Baltasar, para no perder el juicio! ¡Qué de soliloquios! Cuando digo para no perder el juicio no me refiero a la tramitación de una causa criminal o de un pleito civil ante un juez o tribunal. No; me refiero a otra cosa.
 ¡Ay, quién supiera escribir! ¡Quién supiera poner, bien, una letra detrás de otra! Lo que está escrito, escrito está. Fue la respuesta de Pilatos a los judíos que reclamaban el cambio de la inscripción colocada en la cruz de Jesucristo. Quisiera no saber escribir. Fue la que daba Nerón, en los primeros tiempos de su reinado, cada vez que debía firmar una sentencia de muerte. No escribo contra quien puede proscribir, fue la de Gayo Asinio Polión a quienes lo aconsejaban que replicara a los epigramas que le dedicaba Octavio. “Si tú vinieras, Platero, con los demás niños, a la miga, (escuela para párvulos a la cual asistió J.R.J. a los cuatro años), aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el burro de las Figuras de cera –el amigo de la Sirenita del Mar, que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento-; más que el médico y el cura de Palos, Platero. Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡eres tan grandote y tan poco fino! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te bastarían, en qué lugar del corro ibas a cantar, di, el Credo?”  Esto, no hace falta aclararlo, se lo decía Juan Ramón Jiménez a su mejor amigo: Platero. Marco Aurelio de los prados, le llamaba Juan Ramón... En Libros de prosa, el poeta nos revela sus pensamientos, su deseo de soledad; su melancolía; su nostalgia por la inocencia infantil, soñando con el oro de la infancia; su ansia por un ideal vago y su simpatía por los que, como él, se ven fracasados ante la vida y la sociedad (tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen), y han perdido todas las oportunidades para una vida plena. ¡Quién supiera cantar un himno a una vida que alguien describió como “la sed de sencillez, de reposo, de anchos y serenos horizontes, de comunión de la vida rural, que consume a todos los espíritus  hartos de complicaciones y refinamientos”.  El hombre ha de conservar como un legado, como una herencia, en su natural destino, pienso, los tres cultivos eternos: el de la inteligencia, el de la sensibilidad y el de la conciencia. ¡Ay, quién supiera escribir! ¡Qué de soliloquios! ¡Qué de monólogos tiene que hacer uno, Baltasar amigo, para no perder el juicio! Para estar –simple y llanamente- conmigo; porque para andar conmigo me bastan mis pensamientos. “Un ángulo me basta entre mis lares / un libro y un amigo, un sueño breve, / que no perturben dudas ni pesares”.                                                                          
N. B. Nota bene es una locución latina que significa “nota bien” o “nótese bien” en el sentido de “téngase cuidado” o “préstese atención”. Es frecuente en los libros y otras publicaciones para llamar la atención sobre algún punto.

Hoy no hemos hablado de vientos porque hay calma chicha: quietud absoluta del aire, acompañada de pesadez de la atmósfera, particularmente en el mar. Y hay que estar al pairo. Con las velas tendidas, claro.

miércoles, 14 de agosto de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXVII)

Los otomanos, entretanto, no pierden el tiempo,  a finales de marzo de 1571 la gran armada de Piali va desde Estambul a Negroponto, para hacer frente a la flota veneciana y cerrar el camino de Chipre a posibles refuerzos para la isla. La armada de Venecia, al mando de Zanne  con Sforza Palaviccino como general de la tropa de tierra embarcada, había partido el mismo día, aproximadamente, que la turca, fondeando el 13 de abril en Zara, donde pasó dos meses en espera inútil de las flotas española y pontificia, muy retrasadas en sus aprestos, con la mala suerte, además, de que una epidemia causó enorme número de bajas, de resultas de lo cual quedaron las galeras venecianas muy mermadas en sus dotaciones. Cansado de esperar, Zanne partió finalmente para Oriente, y el 23 de junio fondeó en Corfú, reforzando sus tripulaciones al paso como buenamente pudo. Allí hizo escala durante otro mes, transcurrido el cual salió el 23 de julio para Candía, llegando el 4 de agosto al puerto de Suda, donde fondeo. Piali, entretanto, al no encontrar enemigo enfrente, se dirige con su flota hacia Chipre, llegando frente a la isla el  1 de julio. Tras desembarcar, las huestes de Mustafá-pachá ponen sitio a Nicosia,   principal ciudad de la isla, en tanto que Piali mantiene a la flota dispuesta para salir a hacer frente a una posible armada enemiga de socorro; pero ésta no se presenta, por lo que puede reforzar el ejército sitiador con parte de la tropa embarcada. El 9 de septiembre, tras un asalto general del ejército de Mustafá-pachá, que sucesivos refuerzos han elevado a cerca de 100000 hombres, la plaza sucumbe, cayendo, a continuación, en poder de los otomanos, Pafos y Limasol.
La armada española de Italia se había concentrado en Mesina, al mando del genovés Juan Andrea Doria, sobrino-nieto del gran almirante de Carlos V, y la formaban unas cincuenta galeras, a saber: 20 de Nápoles, al mando de Álvaro de Bazán; 10 de Sicilia, al de Juan de Cardona; 12 de Doria, y 8 de otros particulares a sueldo de España. Zarpó Doria de Mesina el 9 de agosto, haciendo rumbo a Otranto, donde el 20 de dicho mes se unió a la armada pontificia, que gobernaba el príncipe Marco Antonio Colonna, designado por el papa capitán general provisional de las fuerzas navales coligadas. Navegaban juntos españoles y pontificios hacia Candía, llegando a Suda, fondeadero de la armada veneciana, el 31 de agosto. Las fuerzas cristianas reunidas formaban un imponente conjunto: 180 galeras, 11 galeazas y 14 naves, con 1300 cañones y 16000 hombres de tropa de tierra a bordo. Inmediatamente se celebró consejo de generales, en el cual mientras Zanne se mostró dispuesto a marchar con presteza en socorro de Nicosia, que aún resistía, Doria, que se había dado perfecta cuenta del deficiente armamento de las galeras venecianas, creyó conveniente no enfrentare con el turco; pero Colonna decidió finalmente hacer rumbo a Rodas, y el día 22 fondeaban frente a Kastelorizo, en Asia Menor, donde supieron la caída de Nicosia. En una nueva reunión de mandos se discutió la posibilidad de marchar en socorro del resto de las posesiones venecianas y, por otra parte, eran de temer los temporales de otoño. Doria quería fondear en Sicilia durante el invierno, en tanto que Zanne continuaba empeñado en su idea de socorrer a Chipre, hasta el punto de que, por fin, el 27 de septiembre los venecianos y pontificios aparejan y, sin comunicar sus intenciones a Doria, hacen de nuevo rumbo a Creta. El genovés, sin alterarse por ello, decide marchar a Sicilia seguidamente, alcanzando felizmente Mesina, logrando no perder ni una sola de sus galeras en la travesía. En cambio Zanne y Colonna pierden en las singladuras que hacen hasta llegar a Suda nada menos que trece galeras (ocho venecianas y cinco pontificias), por haber tenido que soportar dos fuertes borrascas, quedando confirmadas así las predicciones del competente Doria. Hasta últimos de noviembre no consiguen los jefes veneciano y pontificio alcanzar sus respectivas bases, tras haberse desencadenado nuevos temporales que les ocasionaron la pérdida de otros buques, pudiendo decirse que la escuadra papal había resultado aniquilada, sin combatir, en esta campaña totalmente inútil, cuyo infructuoso resultado causó pésima impresión en los estados cristianos, máxime habida cuenta del gran número de navíos y fuerzas de toda clase reunidos. La causa del fracaso estuvo principalmente en la rivalidad y la desconfianza mutuas entre los jefes, que impidieron la elaboración de un plan de acción definido y metódico. Colonna y Zanne demostraron palmariamente su incompetencia, y Doria, a pesar de su quizá exagerada circunspección, fue el que tuvo menos culpa, evidenciándose ser el único general verdaderamente idóneo de la flota. Los turcos, aprovechándose del fracaso cristiano, el 18 de septiembre habían puesto cerco a Famagusta, la otra gran plaza chipriota, creyendo caería en su poder en menos tiempo que Nicosia; pero la ciudad resistiría heroicamente durante casi un año.    (Continuará) 

martes, 6 de agosto de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXVI)

Razones de peso –y volumen- han cambiado la fisonomía, el aspecto y la forma del hórreo. Por eso he creído conveniente hacerle otra foto con la nueva apariencia para la cabecera de Cartas desde mi piorno. Me explico: una visita subió, sin problemas, por la escalera de madera, pero, al bajar, cedió uno de los escalones y el visitante se cayó de bruces o se dio de morros. Menos mal que las consecuencias personales fueron nulas, no así las materiales, por eso hubo que acometer, emprender, la solución de la avería, del desperfecto. ¿Y qué mejor que la piedra -Galicia es país rocoso, roqueño-, para solventar la avería? Pues dicho y hecho. Además de buena piedra, en nuestro entorno hay magníficos canteros y labrantes; se buscó unos profesionales de confianza y garantía, se les pidió un presupuesto, y a las pocas jornadas ya podía yo subir, de nuevo,  al piorno. Y tutti contenti, como dicen en Italia. Bueno, todos menos el bolsillo...






Después de este preámbulo o introducción volvemos a los vientos y a las velas. En el fascículo o entrega XXII decía que en algún otro hablaríamos de la batalla de Lepanto in extenso pero en el, o la, XXIII la verdad es que los derroteros, los rumbos, fueron otros y de la famosa batalla casi no hablamos nada. Este encuentro, uno de los más famosos de todas las épocas, tuvo lugar el 7.10.1571, entre la gran flota cristiana coligada que mandaba, como generalísimo de la Liga, don Juan de Austria, y la otomana bajo la dirección suprema de kapudán-pachá Muezzin Zadé (conocido por Alí-Bajá).
La acción de Lepanto marca un hito en la historia naval, no precisamente por sus consecuencias, ya que malógrose la victoria cristiana, como es sabido, por la desunión de las potencias coligadas, sino porque se trata de la última batalla naval librada a base de navíos de remos (principalmente galeras), con la inherente táctica de abordaje. Cierra así Lepanto un período de más de dos mil años en que las polirremes, o navíos de guerra a remos, en su evolución desde la trirreme griega del siglo V a.C. hasta la galera mediterránea del XVI, constituyeron el núcleo fundamental de las armadas, pues en lo sucesivo cobrará enorme importancia la embarcación a vela de gran tamaño, primero el galeón y luego el navío de línea,  derivación perfeccionada de aquél, quedando las galeras y demás embarcaciones a remos relegadas a segundo término, como meros auxiliares de las grandes naves a vela.
El período naval otomano, que resurge con Selim I y se desarrolla con Solimán el Magnífico, en los comienzos del reinado del sucesor de este último, Selim II, constituía una temible amenaza para las naciones cristianas del Mediterráneo, ya que, un tanto decaída la otrora indiscutible potencia naval veneciana, el sultán turco podía reunir una flota tan importante, por lo menos, como las de todas las potencias navales cristianas reunidas. Selim II no había heredado las brillantes cualidades de su padre, y pasaba la mayor parte de su tiempo entregado a la disipación, dejando el gobierno en manos del hábil visir Mohamed Sokolli, que preocupóse de acrecentar el poderío naval, ya temible a la muerte de Solimán. Instado por varios de sus consejeros, el sultán concibió el propósito de incorporar la isla de Chipre al imperio otomano, exigiendo la entrega de la misma a la república de Venecia, en febrero de 1570. La serenísima, a pesar de no tener deseos de guerra, ni tampoco hallarse suficientemente preparada para ella, conservaba aún conciencia de su antiguo poderío, y sin considerar el temible adversario que era el imperio turco, rechazó indignada, la proposición. La negativa equivalía a la guerra, y de aquí que ambas partes llevaran a cabo grandes preparativos para enfrentarse a ella. El sultán, decidido a apoderarse de la isla a viva fuerza, designó al renegado Piali kapudán-  destinado a la expedición contra Chipre, el cual se componía de 160 galeras, 60 fustas y galeotas, 15 mahonas y naves y otras 120 embarcaciones pequeñas. El ejército de desembarco, unos 60000 hombres, con 80 piezas de campaña y asedio, lo mandaba el “seraskier” Mustafá-pachá.  


La república de Venecia consiguió armar a duras penas, por falta sobre todos de remeros, 136 galeras, 11 grandes galeazas y 14 naves, designando general de an poderosa armada a Jerónimo Zanne, auxiliado por los dos “provveditori” Canale y Celsi. No obstante, bien sabía Venecia que su poder no era el de antes, por lo que resultaba incapaz de contrarrestar por sí sola a la flota otomana, y de aquí que solicitara apoyo de varios países cristianos, Francia, Inglaterra y el Imperio, sin obtener ningún resultado, pues solo Génova, Saboya y la Orden de Malta le ofrecieron pequeña e irrisoria ayuda. Venciendo su manifiesta animadversión hacia España, Venecia suplicó apoyo del papa, PíoV, a fin de que intercediera cerca de Felipe II para que éste autorizase que por lo menos una parte de su flota de galeras reforzara a la veneciana, considerándose difícil accediera a ello el Rey Católico al hallarse bien presente en su memoria el fracaso de Preveza (ciudad de Grecia, en Epiro) y la falta de cooperación de los venecianos cuando el asedio de Malta, en que sí, todo lo contrario que permanecer neutrales, hubieran engrosado las armadas cristianas, habríase logrado aniquilar el poderío marítimo otomano. No obstante, el pontífice, que ya de tiempo atrás meditaba el proyecto de una liga de potencias cristianas que cortase de raíz los continuos progresos de las armas otomana, envió al hábil Luis de Torres, clérigo español de su confianza, para que convenciera a Felipe II de la necesidad de socorrer a Venecia y de constituir la proyectada Liga, formando España parte principal de ella. Felipe II accedió por lo pronto a que las escuadras de galeras de Sicilia y Nápoles y las que se hallaban a sueldo de España en aguas italianas se uniesen a la armada veneciana y a la pontificia (Venecia había entregado a la Santa Sede doce galeras desarmadas para que constituyeran el núcleo de una flota papal), y pocos días después, a mediados de mayo de 1570, el monarca español se adhería al proyecto de Liga cristiana, designando sus representantes en Roma, para la discusión de los términos y condiciones en que aquélla había de constituirse, a los cardenales Granvela y Pacheco y al embajador Juan de Zúñiga.   (Continuará)

martes, 2 de julio de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXV)

Yo -inútil peso de la tierra- más que un escritor, soy un escribidor, un escritorzuelo, un foliculario; o un grafómano, o un plumífero. Todas estas palabras, salta a la vista, tienen un matiz despreciativo o menospreciativo. Los poetas nacen, los oradores se hacen. Es un axioma escolástico. La poesía es un don natural, mientras que la oratoria se aprende. Los grandes escritores de todos los países y de todos los tiempos, tenían sus licencias poéticas o literarias. Yo también las tengo.  Es en lo único que puedo emular a los literatos. Los que me conocen ya se habrán dado cuenta; los que no me conocen quizás no se hayan percatado.  Mis  cartas       –epístolas de los hombres oscuros- solo tienen eso que los juristas llaman animus jocandi (pronúnciese iocandi): deseo e intención de divertir.
Siempre faltan palabras donde sobran sentimientos. Porque el corazón tiene razones que la razón no conoce. El elocuente calla y el ignorante lo quiere hablar todo. Cuando yo navegaba, estando una noche en uno de los corredores de popa gozando de la conversación de un compañero, etesiarum flatu nimii temperantur calores (con el soplo de los vientos etesios se hacen más soportables los excesivos calores), mi amigo me alertó de los peligros del trato humano (yo era bastante más joven que él: un simple grumetillo, por no decir un pardillo), y me aleccionó que detrás de todo gran hombre se vislumbra, siempre, una gran mujer. Una magnífica y discreta fémina, una extraordinaria esposa, madre y señora, que sabe ser prudente, cauta y sensata, como un segundo de a bordo cuando recibe las órdenes del capitán.
Mi camarada, al que llamaremos Baltasar, era un hombre de estudio, de lecturas reposadas, de conversaciones gustosas y de experiencia en el conocimiento de la naturaleza y psicología humanas. “La conversación, el diálogo -me decía-, es cosa de dos, como mucho de tres; cuatro son multitud. Un diálogo de sordos. Una torre de  Babel”. Y continuó: “recuerda que la noble conversación es hija del discurso, madre del saber, desahogo del alma, vínculo de la amistad. El mundo se concierta de desconciertos: es engañoso, tiene dos caras; la virtud   perseguida, el vicio aplaudido y todos vivimos en asechanzas porque, algunas personas, tienen una lengua más afilada que las navajas”, me decía. “Yo solo uso mi lengua para comer”, fue otra de sus frases que me quedaron grabadas para siempre. Palabra y piedra suelta no tienen vuelta, claro. Que lo sepan algunos. Mi compañero me dijo, también, que viéndose sin amigos vivos, apeló a los muertos. Cuando escuché aquello me debió quedar una cara de asombro que, si Maimónides viviera, me incluiría en las páginas de su “Guía de perplejos”. Luego me aclaró que quería decir que el trato con los grandes escritores del pasado -la pléyade- le resultaba menos decepcionante que la relación con los vivos. Usaba mucho, como pude comprobar, tropos como la metáfora, la metonimia y la sinécdoque. Era un hombre muy leído, sin parangón, un maestro, un profesor; con él aprendí mucho.  
  Llegado a este punto me doy cuenta de que no ha quedado claro lo de los vientos etesios y deseo dilucidar, explicar, que los vientos etesios, anuales, son los que soplan periódicamente del norte, durante el verano, en el Mediterráneo oriental. Estos vientos determinan un tiempo cálido y seco, porque los relieves costeros del norte provocan efectos de foehn. El foehn más típico es el que sopla en los valles austriacos y suizos, al N de las crestas alpinas, entre el Vorarlberg y el Leman. Los meteorólogos designan con el nombre de foehn en aire libre todo descenso que determina una disminución de humedad relativa y de nebulosidad y un recalentamiento adiabático.
Baltasar me hablaba mucho, casi todos los días,  de dos personajes que él llamaba Andrenio (hombre instintivo o común, distinto del crítico), y Critilo (persona reflexiva, o de juicio equilibrado) que luchan con el mundo, como símbolo de los instintos y de la razón, de lo espontáneo y de lo reflexivo, de la pasión y la voluntad.
La admiración es hija de la ignorancia; el más noble de los sentidos es la vista. Pero malos testigos son para los hombres los ojos y los oídos cuando se tienen almas bárbaras. Y de esos hay muchos. Desgraciadamente.
José Cadalso publicó Los eruditos a la violeta, ingeniosa sátira contra la erudición superficial. Yo, que confundo el apotegma con la apotema, el banano con el baniano y el tálamo con el túmulo, no soy culto ni docto. Pese a estar en inferioridad de condiciones ante tanto entendido, vivo feliz y contento con mi aurea mediocritas (áurea medianía). Y con mi ironía. La sátira, que nació en Roma y que hizo proclamar a Quintiliano sátira tota nostra est.

¡Hasta pronto!
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sábado, 8 de junio de 2013

VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (XXIV)

Hace un año que yo tuve una ilusión. Hace un año que hoy, precisamente hoy 8 de Junio, se cumple en este día. “Es de Primera, el Celta es de Primera; es de Primera, el Celta es de Primera”. Música, recuerden, de Guantanamera. Y la afición es de ... primerísima. Cuando nadie, repito, nadie, daba un maravedí –moneda española antigua de distintos valores según las épocas, y, algunas veces, imaginaria- el Celta, en un impresionante acelerón en los últimos metros, dejó atrás a tres equipos y se salvó del descenso. Deportivo, Mallorca y Zaragoza van a jugar, no les queda otro remedio, en Segunda la próxima temporada. Coruña, Palma y Zaragoza son ciudades que tienen categoría y afición para tener equipo de Primera; solo hay que tener un poco de paciencia y ponerse a trabajar ya para conseguir el ascenso la próxima temporada.
Sin despreciar, claro, a ninguna ciudad, a ninguna afición, ni a ningún club. Pero la risa, ya se sabe, va por barrios. Unas veces le toca reír a unos y llorar a otros, y otras llorar a unos y reír a otros. El Triunfo y la Derrota, así con mayúscula, ya lo dijo Rudyard Kipling, son dos impostores...
Dejemos el fútbol a un lado y acabemos, en el buen sentido de la palabra, con don Álvaro de Bazán.
Bazán, en contra de la opinión del duque de Alba, había propuesto al rey organizar una expedición contra Inglaterra, que fuese la debida réplica a los ataques británicos contra España y sus colonias y a la ayuda que prestaba Isabel a la rebelión de los Países Bajos. Era buena ocasión aprovechar para tamaña empresa el regreso de las fuerzas victoriosas de la campaña de las Azores. El 26.1.1586 se le ordenó a Bazán, reunir una buena armada, pero con fines defensivos; no obstante, se le decía que informase sobre ello lo que considerase más conveniente. El marqués propuso de nuevo la expedición directa contra Inglaterra, y al fin el rey, con fecha 8 de marzo, le encargó de sus aprestos navales. Los daños que Drake causó en Santo Domingo hicieron al rey torcer las miras de la expedición, ordenando a Bazán que con las fuerzas preparadas se dirigiese contra el famoso corsario. No obstante darle la orden, le decía: “a esto responderéis luego con lo que se os ofreciere, que holgaré de ser informado de quien sé que tan bien entiende”. Bazán asintió, puesto que en nada, en realidad, se oponía esta jornada a la que estaba tan devotamente preparando. Las noticias que se recibieron, antes de estar dispuesta la escuadra para salir, hicieron desistir de la expedición contra Drake, que, por quedarse sin víveres, se dirigió a las Azores, y así siguieron los aprestos de la gran armada contra Inglaterra. La contestación del rey a una misiva de Bazán, fechada aquélla en 7 de febrero, es decir, dos días antes de la muerte de Bazán, puede hacer pensar no ser cierto el que su muerte fuese debida al disgusto que hubiese podido causar al marqués, ya enfermo, una supuesta reconvención del rey que consideraba excesivamente lentos los preparativos para atacar a Inglaterra. No obstante, lo que sí está probado es que los envidiosos habían trabajado en contra de la fama de Bazán; uno de ellos era Álvaro de Leiva, que insinuaba que Bazán, disconforme con el plan adoptado, de que las operaciones terrestres las mandase Alejandro Farnesio, generalísimo de los Países Bajos, y deseoso de conservar la unidad de mando, procuraba dificultar la empresa. Su fallecimiento causó en Lisboa y en la armada un día de profunda pena. Su cadáver fue llevado al Viso, su señorío, a diez leguas de Ciudad Real, quedando depositado en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción hasta enero de 1643, que fue trasladado al panteón de su familia en el convento de San Francisco de aquella villa.

Como resumen de los servicios del marqués de Santa Cruz se ha dicho que rindió 8 islas, 2 ciudades, 25 villas, 36 castillos fuertes; venció a 8 capitanes generales, a 2 maestres de campo generales y a 60 señores y caballeros principales. Rindió 4573 soldados y marineros franceses, a 780 ingleses, a 6450 portugueses rebeldes en las islas y armadas de Lisboa y Setúbal. Hizo esclavos a 6243 moros y dio libertad a 1654 cautivos cristianos; apresó y tomó 44 galeras reales, 21 galeotas, 27 bergantines, 99 galeones y naos de alto bordo, 7 caramuzales, 3 cárabos moriscos y una galeaza, y tomó en total, en sus campañas, 181 piezas de artillería.