miércoles, 7 de noviembre de 2012
VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS (II)
martes, 30 de octubre de 2012
VELAS Y VIENTOS, VIENTOS Y VELAS
viernes, 8 de junio de 2012
SIEMPRE CELTA
martes, 24 de enero de 2012
CARTA AL DIRECTOR 19/01/2012 LA VOZ DE GALICIA
El domingo 8 de enero Manuel Campo Vidal, en su Crónica política, citaba al abate Dinouart: “El primer grado de la sabiduría es el silencio. El segundo, hablar poco y moderar el discurso”. Joseph Antoine Toussaint Dinouart, abate del siglo XVIII, nos aconseja, en “El arte de callar”, sobre los pasos a dar para poder escribir y comunicar, digamos, correctamente; nos plantea las leyes o normas sobre lo que se debe escribir y lo que no se debe escribir, de lo que se debe escribir y de lo que es mejor callarse, del momento de hablar y del momento de permanecer en silencio. Tres siglos después, creo, su actualidad sigue vigente. Vamos, que son unas recomendaciones nada desdeñables. Para mí, claro. Y por eso se las recuerdo a todos los que escriben en esta página. Sin segundas ¿eh? Las reglas, resumidas casi telegráficamente, son las siguientes: No escribir si mejor es callarse. Escribir tiene su momento igual que el silencio. El silencio siempre precede al escrito y es el instante de la reflexión. No se puede escribir sin antes estar en silencio. Es igual de malo escribir cuando mejor es callarse que estar en silencio en el momento en que mejor era hablar. Es menos arriesgado callarse que escribir. Escribir es entregarse a los demás, dejar de pertenecerse a sí mismo, desnudar los sentimientos y las intenciones. Antes de expresar algo importante, es mejor estar en silencio dos veces, la de la prudencia y la de la reflexión. Un secreto deja de serlo cuando se escribe. Si se quiere guardar un secreto, lo mejor es callarse. Sobre lo que se ignora, mejor es callarse. El silencio convierte momentáneamente en sensato al necio y capaz al ignorante, pero el silencio prudente y comedido convierte en sabio al que escribe. Más vale escribir poco que abrumar a los demás por una pasión desenfrenada de escribir en demasía. Desconfiar de lo escrito por uno mismo, contemplarse como el lector posible que nos va a condenar.
Yo, particularmente, procuraré seguir los consejos de clérigo francés. Me gustan. Me agradan. ¿Y a vosotros?
lunes, 31 de octubre de 2011
Carta al director - LA VOZ DE GALICIA - 30/10/11
Sr. Director:
He leído en La Voz que Gaspar Llamazares pedía hace unos días el cese del gobernador del Banco de España desde el 2006, señor Fernández Ordóñez. Nada más leer la noticia y el comentario correspondiente, me vino a las mientes una anécdota sucedida en Sevilla hace aproximadamente cuatro lustros, año arriba, año abajo: El duque de Alba, que por aquel entonces se llamaba Jesús Aguirre, tenía un cargo sin sueldo del ayuntamiento hispalense; en cierta ocasión el consorte de la duquesa puso en duda la plenitud de las facultades culturales del alcalde y éste se enfadó muchísimo con Aguirre y lo castigó despojándolo de su cargo, diciendo a los periodistas que lo “había cesado” por el desacato. A lo que el duque que, al parecer, cortaba un pelo en el aire con el filo de su humor, hubo de rectificarle advirtiendo que lo “había destituido”, porque cesar es verbo intransitivo y no se puede cesar a nadie. Uno puede cesar, es decir, dejar de desempeñar un cargo, pero no puede ser cesado, sino destituido.
Como el bien es difusivo, según postulado escolástico, creo que puede ser útil y provechoso, para algunos, recordar la anécdota, la historieta o el episodio y la gran lección idiomática que el duque de Alba, Jesús Aguirre, propinó al alcalde de Sevilla, hace unos veinte años. Fue como poner una pica en el Flandes del lenguaje municipal...
jueves, 9 de junio de 2011
Cartas al director
Los libelos son perversos. Crueles. Inhumanos. Como el que circuló por las siete parroquias del Concello de Meaño días atrás, antes de las elecciones, donde se hacían cábalas y conjeturas acerca de la salud de un candidato. Creyeron que era la ocasión para derrotarlo, pero ni con esas. Al contrario. Me pregunto cómo se puede caer tan bajo. Hay formas, modos y maneras. Algunos confunden a Cela con Zola y las ablaciones con las abluciones. Hay gente para todo. Hay personas que se prestan a todo. Es lo que hay. La nobleza, la hidalguía, la caballerosidad, brillan por su ausencia. Como la magnanimidad, la grandeza de alma y el humanismo. El oportunista, el aprovechado, el arribista, no tiene moral. Ni ética. Por eso escribe panfletos y pasquines. Por eso escribe libros verdes. (Basta consultar el Diccionario de Autoridades para averiguar que ese tipo de libro es “el que contiene las cosas particulares de un país y de los linajes de él, y lo que cada uno cuenta de bueno o de
malo”. Y añade: “Figuradamente llaman así a la persona dedicada a semejantes noticias”). En resumen: Los libelos están fuera de lugar, fuera de tono y fuera de razón. Y, además, son impolíticos y extemporáneos.

sábado, 28 de mayo de 2011
Cartas al director
Sr. Director:
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Por eso escribo pocas, escasas, cartas a esta sección. Por eso intervengo tan poco en estas páginas. Y porque la bradipsiquia, la lentitud de mis reacciones mentales que me caracteriza, me lo impide. Por eso, según algunos, me escondo, yo diría me refugio, en un bostezo de la tierra...
Pero, después de los resultados de las elecciones del domingo pasado, vivo sin vivir en mí. Y tengo la enorme curiosidad de saber qué din os rumorosos, qué opinan ahora os ríos e os mosteiros. Hay cartas, aunque literariamente bien escritas, que adolecen de falta de sindéresis, de escasez de buen juicio. Es evidente. Los autores, parece, son cíclopes. Solo tienen un ojo. Para ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio.
¡Ay, quien supiera escribir!







